Viajando lento se respira mejor

Viajando lento se respira mejor

Nunca conoceré cada rincón de cada ciudad.

No veré todos sus edificios, ni pasearé todas sus calles, ni probaré todos sus sabores, ni descubriré todas sus artes. Ni siquiera caminaré de pasada por todos los puntos “obligatorios”.

Voy a perderme cientos de perfectos atardeceres y voy a ignorar decenas de miradores.

Antes de llegar a cada sitio, investigo, leo y apunto esas 15, 20, 25 cosas que no te puedes perder, también las 5, 10 que poca gente sabe.

Cuando estoy ahí visito unas cuantas de aquí y unas pocas de allá. El resto del tiempo camino, me pierdo, leo los carteles de las tiendas, me siento a comer porque sólo sentada saboreo, ya sea en un restaurante o el sándwich hecho esa mañana. Me tumbo y cierro los ojos. Pienso y escucho. Escribo. Miro.

¿Sabes quién se va a perder más cosas que yo? Mi cámara.

Saco fotos a estampas que he visto mil veces porque ésta quiero que sea mía. Otras veces no hay captura que pueda captar lo que veo. También atrapo momentos que están pasando aquí y ahora, en esta ciudad, en este instante, mientras lo veo. Pero hay días que simplemente pasea dormida conmigo, no la despierto en todo el recorrido.

No corro para llegar, no me peleo conmigo misma para aprovechar cada minuto, segundos.

Hay días que sólo quiero sentarme y contemplar, hay otros que paso horas caminando. A veces me lo pide la ciudad  y a veces mi cuerpo.

Viajo lento, dejando muchas visitas obligadas a mi paso pero recogiendo cada paso que doy. Porque no sé disfrutar con prisa, o cansada, o con hambre, o desmotivada. Si vuelvo veré más, si no, me quedaré con todo lo que recolecté en su día.

No quiero hacer de mis días una gymkhana ni de las ciudades un temario que estudiar para aprobar.

Mientras me perdía las luces nocturnas de Seattle estaba en una iglesia tumbada, escuchando canto gregoriano en la misa de noche. Cuando no recorrí cada centímetro de la ruta que mira al mar encendíamos una hoguera para entrar en calor, gracias a Harold que nos cedió su espacio y la madera. El día que no pisamos la tierra volcánica de Lassen nos dimos de bruces contra el mar y atravesamos bosques de secuoyas gigantes. Y a la vez que la gente gritaba en la montaña rusa de Santa Monica yo dormía, escribía o veía el sol ponerse.

Hace tiempo que dejé de quererlo todo para centrarme en lo que está delante de mí.

Viajo lento, y así respiro.

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Qué pasó en las Rocosas de Canadá

Vancouver Island

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Caótica organizada con ganas de inestabilidad territorial. Me gustan las palomitas.

2 Comentarios a “Viajando lento se respira mejor”

  • Julia Del Olmo

    Escrito el 9 mayo, 2017

    Acabo de descubrir este artículo y… no podría estar más de acuerdo. Personalmente no viajo para ver muchas cosas, viajo para sentir la vida. Al igual que a ti me gusta sentarme a saborear, a mirar, a leer. Me puedo pasar el día entero en una terraza mirando, aunque sea una ciudad que no conozco de nada, un lugar al que acabo de llegar. Pero no tengo prisa, me voy a morir sin haber visto ni 1/4 del mundo, por lo que mejor disfruto lo que tengo enfrente. Son los pequeños momentos los que hacen el viaje, no los 15-20 ”imprescindibles”. Un abrazo pareja!

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    • Valentina Riveiro

      Escrito el 10 mayo, 2017

      Yo a veces me siento hasta vaga jajaja me gusta taaaanto simplemente caminar, estar en una cafetería, atravesar un mercado… Y tengo que admitir que ha sido todo un proceso admitir que ese es mi estilo de viaje y no sentirme mal por ello, hay una constante sensación de estar perdiéndome algo de la que me ha costado mucho desprenderme, pero una vez logrado, se disfruta el doble el dolce far niente. Es como dices tú, todo siempre queda en las pequeñas cosas, ¡un abrazote!

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