Vancouver Island

Vancouver Island

Desde que llegamos a Canadá hemos caminado bajo rascacielos, bordeado enormes lagos y dormido amurallados por monstruos gigantes de piedra. Pero nada nos ha hecho sentir más pequeños que esta isla…

Por sitios como Zeballos, un pueblo situado al oeste de Vancouver Island, al que sólo se puede llegar recorriendo un desgastado camino de tierra y piedras. Un lugar que sólo tiene vida en verano, el resto del año es una pequeña ciudad fantasma con negocios cerrados, casas abandonadas y chimeneas humeantes que se convierten en la única prueba de que en ese planeta queda vida.

Pero ni la excusa de la temporada baja nos hacía creer que ese lugar sólo estaba pasando por su hibernación, una modesta ruta de montaña que terminaba nada más comenzar, porque la naturaleza se había comido el supuesto camino, y los constantes avisos de riesgo de tsunami indicando las vías de evacuación nos daban la sensación de que estábamos donde no debíamos.

Nada nos hizo sentir más forasteros que la plaza de Coombs, un lugar repleto de estatuas donde se mezclaban distintas interpretaciones del budismo, cosa que sólo supe gracias a Alba. Era imposible serpentear en aquel laberinto formado por las esculturas y no sentirse observada.

Nada nos hizo sentir más vulnerables que la noche que el viento quebraba los árboles a nuestro alrededor.

El camino de piedras donde habíamos caído ese día para dormir estaba flanqueado por árboles altos, delgados, blancos y desnudos. A causa del viento, sus ramas parecían manos invitándote a entrar en el bosque, dando la sensación de estar sumergidos en el agua. A medida que oscurecía, más profundo estábamos en el océano. Y más violento se volvía el vendaval.

Entonces escuchamos la madera quebrarse en algún lugar, no sabíamos si cerca o lejos de nosotros, pero lo suficientemente claro como para darnos cuenta de que no iba a ser una tormenta normal. Mientras nos debatíamos sobre si salir de allí o no, se sucedieron más crujidos. El sonido se amplificaba por el eco y era semejante al de huesos fragmentándose. Entre ruido y ruido, escuchamos un árbol caer, definitivamente había que salir de ahí.

Deshaciendo el camino andado vimos tumbados sobre el suelo algunos árboles que antes no estaban. Nuestro coche avanzaba como un submarino abriéndose paso entre algas gigantescas, hasta llegar a la carretera principal para ir al pueblo más cercano.

Al llegar a Ucluelet todo en la pequeña ciudad estaba apagado: farolas, gasolineras, los porches de las casas… No había forma de dar con un poco de claridad y descanso esa noche. Entonces nos dimos cuenta, la luz había caído por la tormenta y eso hacía más difícil conseguir un lugar donde descansar, o intentarlo al menos.

Nada nos hizo sentir más frágiles que las olas del faro de Ucluelet colisionando contra las rocas provocando enormes crestas blancas de agua.

Nada nos mostró tan bien nuestro lugar en el mundo como Port Hardy, por ser el punto más al norte al que podíamos llegar por tierra.

El viento, la oscuridad, el mar, la lejanía… Todo creaba una incomodidad tan adictiva como espeluznante. Llegamos a pensar que era el clima, o el hecho de dormir en cualquier lugar en medio de bosques densos e invadidos por el musgo, o las distancias… Pero su extrañeza se nos hizo innegable cuando descubrimos el arte de los aborígenes, especialmente su música…

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Caótica organizada con ganas de inestabilidad territorial. Me gustan las palomitas.

3 Comentarios a “Vancouver Island”

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