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6 meses en Canadá.

2 meses en Estados Unidos.

7 meses en México.

Unos días en Guatemala.

8 cuadernos. Cuanto más escribía más leve era y la mochila más pesaba. Por eso de algunos me deshice, otros los mantengo.

Regreso a casa. Descubrí que la vida nómada no es para mí, pero los últimos días en México han sido tristes y aplastantes. Ahora me parece impensable pagar un alquiler, elegir mi ropa cada mañana, luchar por mi derecho al tiempo personal.

Dice Marina: “Nómada no es una palabra que me excite: volvamos a la tierra, digamos que somos trashumantes y que vamos en busca de las tierras fértiles donde crecen la experiencia y las historias.”.

Esa frase es una extensión de su mano a la que me agarré enseguida. El regreso desde aquí se ve como una caída y en el vértigo aprieto mis dedos a los suyos. Seamos trashumantes. Tengamos una habitación propia, recojamos semillas en nuestros viajes para hacerlas florecer en nuestra parcela de madera, papel y silla. Me vuelvo cálida al pensarlo, pero lloro igual.

Lloro en mi casita de Tulum, diminuta, austera, al fondo de un patio, territorio de hormigas y ducha de un solo grifo. Perfecta. Lloro y le digo a Álex que no quiero volver, que amo Madrid pero no seré feliz en ella, que siento que me traiciono. Ni siquiera le pido que se quede conmigo porque no lo hará. Él y yo no somos incondicionales, no estaremos juntos a costa de cada uno y eso es lo que nos hace invencibles.

Lloro porque es volver a donde estaba. Salí, nada fue como quise y ahora regreso con todo este bagaje sin drenar al mismo punto de salida. Más tarde, volvamos más tarde, no he tenido tiempo de abrazar todo esto. Y no quiero entender que siempre será así.

Desde el principio he querido contener todas las anécdotas, los chistes, los momentos, los lugares y los aprendizajes en mis diarios. Simplemente no se puede. La vida se me desborda entre las palabras y todo lo experimentado se me escapa a la vez que se tatúa en mi piel y se guarda en mi pecho. No dejo de pensar en los momentos a los que no pude poner nombre ni palabras y sólo me quedó llorar, hacia dentro y sin lágrimas.

Así lloré en las faldas de las montañas canadienses porque ni la propia Tierra puede mantener su grandeza. Pensaba una y otra vez cómo llevarlas conmigo, no bastaba con mirarlas como el puntito que soy, no hay cámara ni palabras que las puedan proyectar para que otros sientan la pequeñez de la propia existencia. Están conmigo, pero jamás podré transmitirlas.

Lloré en los pies de las secuoyas de California mientras llevaba mi cabeza atrás, las veía tocar el Cielo, con mayúscula. La palma de mi mano no era suficiente para sentir sus venas. Los desiertos jugaron con las perspectivas, las distancias y los contraluces de sus atardeceres ensangrentados, formando monstruos quietos. El ser humano puede proponerse hacernos sentir pequeños, por eso construye montañas de hormigón coronadas de neones. Pero la naturaleza no se lo propone, simplemente es.

Lloré cuando México me colocó frente a un espejo que hablaba. A diferencia del cuento él me hacía las preguntas: ¿Dónde están tus raíces? Vagas por la Tierra conociendo el origen y el presente de otros desconocidos, pero tú no sabes ni de dónde vienes ni qué eres. En medio de esta duda apareció Lau, la que escribe, la que es de donde nací, la que conocí en Norte de Papel, la que vagaba por Chiapas a la vez que yo. Lau y el mate, Lau y su acento, una semilla de la misma tierra apareció en mi interrogante, y si bien aún no veo raíces en mis pies de ahí nació un lazo que me conecta a ella. Y me calma.

Lloré cuando vi las estrellas del agua en Chacahua, cuando Álex me mostró su verdad y decidió irse, lloré porque todo caía y cambiaba y me golpeaba y se sacudía y se derrumbaba. Yo en lo alto de mi castillo de arena blanca me resistía a dejarme arrastrar por la corriente, aun sabiendo que cuando las olas llegan, es momento de dejarse llevar.

Lloré cuando vi más clara que nunca la palabra “privilegio” tatuada en mi frente.

Lloré en lo alto de Calakmul y di gracias a los Mayas por construir un camino vertical en el que desde su final, la selva se muestra desnuda y transparente, inundando el paisaje hasta el horizonte. Lloré en Mahahual cuando en el mar sobrevolé tortugas, rayas, peces, corales.

Hoy lloro hacia fuera, volver me hace tanta ilusión como temblar de miedo. Mi cabeza no ha parado de tejer planes y proyectos las últimas semanas, estoy llena de ideas, de motivación y de renovado autoconocimiento. Pero este regreso sigue en caída, con la diferencia de que me dejaré llevar esta vez. Sólo cuando mi cuerpo aterrice sobre el cemento la cáscara se romperá, y comenzará una nueva etapa.

1 año viajando: aprendizajes inusuales

15 meses, 4 países

Rastrear desde tu web.

Caótica organizada con ganas de inestabilidad territorial. Me gustan las palomitas.

16 Comentarios a “Regresar”

  • Manu

    Escrito el 6 septiembre, 2017

    Justo y necesario. Nuestro viaje es algo interno, un viaje dentro de otro. Utilizamos el desplazamiento como territorio de pruebas, nos descubrimos a nosotros mismos… y, a veces, no todo es como creíamos. Se puede amar viajar sin vivir viajando, y es perfectamente válido. Lo que te ha ocurrido es algo maravilloso: el espejo te ha ido devolviendo cada reflejo, retirando cada una de tus capas; te ha dicho qué no eres. Y cuando retiramos lo innecesario, aparece lo imprescindible, que es la base para empezar a construir de nuevo. Bravo Valen, bravo. Un abrazo enorme. Hacen mas falta posts como este.

    Responder
    • Valentina Riveiro

      Escrito el 8 septiembre, 2017

      De verdad Manu, ¿cómo haces para explicarlo tan tan tan bien y bonito y todo? “Y cuando retiramos lo innecesario, aparece lo imprescindible, que es la base para empezar a construir de nuevo.” Tú mejor que nadie sabe lo que es ver los planes mutando sin parar y cómo nos resistimos a los cambios, hasta que llega ese punto en el que lo atraviesas y descubres lo siguiente. Va a ser así siempre y nunca nos acostumbraremos, pero escribiendo podemos por lo menos dejar un recordatorio de que siempre hay un después que acabamos abrazando y nuevas expectativas de las que enamorarse. ¡Un abrazo enorme!

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  • Andrea Bergareche

    Escrito el 6 septiembre, 2017

    Volver, siempre volvemos. En esta vida todo son etapas o ciclos o como lo quieras llamar. Las palabras no son sino otra forma de ponernos máscaras, de enmascarar las cosas, de hacer un intento de ponerles nombre en nuestra realidad. Llegará el cemento y se irán los mares, pero llegaran mares de otras cosas. No hay ninguna obligación de estar siempre en movimiento y aún así el movimiento está.
    Bonito texto Vale. Que disfrutes la vuelta a casa!

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    • Valentina Riveiro

      Escrito el 8 septiembre, 2017

      ¡Gracias Andrea! Efectivamente se vienen mares de proyectos y nuevos retos. Si el objetivo siempre fue hacer lo que quería en cada momento no hay nada más fiel que llevarlo a cabo aunque cueste soltar… Como dices tú, no hay ninguna obligación de estar siempre en movimiento, y esta idea tan simple y obvia me ha costado meses entenderla. Ahora es una carga menos 🙂 Un abrazo enorme!

      Responder
  • Pablo

    Escrito el 6 septiembre, 2017

    Cuando decidí cumplir mis sueños, cambié y sigo cambiando con cada persona, paisaje o experiencia que regala el camino. Volver es sólo la continuidad del viaje. Un abrazo grande y mucha suerte en lo que sigue. Nos cruzamos!!!

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    • Valentina Riveiro

      Escrito el 8 septiembre, 2017

      Y creo que eso es lo que más “molesta”, que todo cambia sin parar y así no hay quien se aclare, pero es mucho más divertido también. Vendrán cosas mejores seguro, ¡gracias Pablo!

      Responder
    • Valentina Riveiro

      Escrito el 8 septiembre, 2017

      Ay me has recordado a una frase de Terry Pratchett que adoro: “coming back to where you started is not the same as never leaving”. Se ha convertido en mi mantra estos días y cada vez estoy más de acuerdo. Será el subidón de la bienvenida pero me siento muy positiva frente a esta nueva etapa, pero ya lo hablaremos con unas cañas 😉

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  • Bea

    Escrito el 6 septiembre, 2017

    Gracias por compartir Valen! Estos sentimientos parece que solo los entienden otros viajeros en esa situación… Mucha energía para esta nueva etapa y espero poder coincidir en algún momento en persona, ya que parece que México se nos resistió! Abrazos

    Responder
  • David Millán P.

    Escrito el 7 septiembre, 2017

    Me ha encantado Vale! yo regresé hace unas semanas y también he descubierto cosas maravillosas habiendo estado casi 3 años fuera de mi país. Todo es de ciclos y los viajes también llegan a un final. Cada viaje es un nuevo comienzo que terminará en algun momento. Lo importante es que tengamos la determinación para empezarlo y sepamos cuando terminarlo. Abrazos!!

    Responder
    • Valentina Riveiro

      Escrito el 8 septiembre, 2017

      ¡3 años! Qué locura… ¿No sientes todo irreal? Yo no sabía que Madrid olía a flores hasta ahora, es increíble <3
      A nadie le gusta que el viaje acabe y de hecho me pregunto si alguna vez se aprende a saber cuándo parar, pero vendrán más y también llegarán los proyectos que sólo puedo hacer si ando por aquí, cuestión de equilibrio en definitiva. ¡Muchísimas gracias David! Espero que disfrutes la bienvenida, abrazo!

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  • Sara

    Escrito el 7 septiembre, 2017

    ¡Me encanta como escribes, Valen! Pero deja de llorar, porque verás que volver no es tan malo ni tan definitivo, nuevas aventuras están esperando ante tu puerta de Madrid, ¡y seguro que valen la pena! ¡Te leo! Y con suerte, quizás este año toque por fin desvirtualizarnos =P ¡Un abrazo grande y bienvenida de nuevo!

    Responder
    • Valentina Riveiro

      Escrito el 8 septiembre, 2017

      Ay gracias jajaja
      Ya me siento mucho mejor, este texto fue fruto de la ansiedad que me entró la última semana, inevitable supongo pero me pareció bonito compartirlo, es parte de todo esto también. Definitivamente nos veremos y en cuanto arregle mi situación laboral, ya sabes que aquí hay una lectora wanderlust 😉

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