Lisboa responde

Lisboa responde

Llegué a Lisboa con una pregunta que me rondaba desde hacía meses: si no me gusta planificar todo lo que voy a hacer, si no disfruto de recorrer punto tras punto de interés, como si trazara una red en el mapa, ¿por qué viajo? Fui dispuesta a resolver mi enigma, e hice a la ciudad responsable de ayudarme a lograrlo.

Lisboa no me enamoró desde el principio, lo admito sin orgullo y sin vergüenza también. Sentía que se escondía de mí, y por más que miraba y observaba, no di con el momento para hablar con ella.

Hasta que un día me tocó recorrerla a mi manera, a mi ritmo, a mi gusto. Y ahí nos empezamos a entender. Será que hay conversaciones que nunca llegan porque hay voces que tapan la tuya propia. Por eso es importante darse espacio a una misma, y tomar la soledad como una herramienta para progresar.

Ese día mi objetivo era llegar al fin del mundo, Cabo da Roca, para escribirle una carta a mi hermano que nunca enviaría, contándole que en ese momento, en el extremo más occidental de Europa, estaba lo más cerca que podía de él. Y yo tan lejos de mí.

Mientras escribía la carta sentada en las rocas, veía cómo un fotógrafo le daba instrucciones a una chica para que le hiciera un retrato con su flamante cámara réflex. Intuyo la frustración del tipo, imaginándose en la fotografía y esperando que la desconocida lo plasmara tal como él esperaba. Y estoy segura de que eso no sucedió. Yo misma decidí hacer la prueba, pedí al chico que estaba más cerca de mí que me hiciera una foto con el mar de fondo, le di algunas instrucciones y… No, no era como yo la había imaginado, pero salgo en una foto, me puedo dar por satisfecha.

Antes de llegar a ese acantilado donde en vez de terminar, algo empezó, primero había que pasar por Cascais, donde la autenticidad no ha quedado enterrada bajo la estructura turística, como cuando las raíces de un árbol se rebelan contra el asfalto sobresaliendo. Las bolsas llenas de pan colgando de los pomos de las puertas, esperando a ser recogidas por sus futuros dueños, y los turistas tranquilos, disfrutando del mar sin apenas movimiento, contagiaban la sensación de que los minutos duraban más de lo normal. Aún era temprano así que decidí caminar por la costa, la calzada me llevó sin darme cuenta hasta el Faro de Santa Marta, que entró en mis ojos como una postal perfecta. Mientras caminaba cavilaba, y al revés.

El paisaje empezó a llenarse de rocas negras escarpadas, hasta llegar a Boca do Inferno, una cueva abierta que debe su nombre al rugido que se produce cuando la marea está muy revuelta y choca contra la roca, uniéndose el turquesa del agua con el negro y rojizo de las paredes. Pero ese día estaba en calma, aunque no por eso dejó de parecerme espectacular.

Volviendo a Lisboa, empezaba a tener las cosas más claras: cuando viajo siempre estoy alerta, el hambre y el cansancio no me paran, y siento insaciable curiosidad.

Tenía aún toda la tarde para sumergirme y hacer lo que más me gusta: callejear sin rumbo, ver qué me encuentro. Cogí el tranvía 18, que me llevó como muchos sabréis por calles por las que habría jurado que el tranvía jamás habría entrado. Tras las curvas imposibles y los niños colgados en su puerta trasera, bajé en el mirador Portas do Sol, el más famoso quizás, con el ya conocido guitarrista que siempre está ahí.

En ese momento no solo estaba viendo Alfama desde las alturas, también podía ver con más claridad mis dudas y problemas. Seguí recorriendo a pie las calles, largas y estrechas, con las fachadas llenas de humedad y ropa colgando, cada pestañeo era una foto con la que quedarse. En ese momento no me importaba si me estaba “perdiendo” algo, para entonces ya había conectado con la ciudad y por fin descubrí el encanto de su ajetreo.

En definitiva, para encontrar a Lisboa tuve que perderme.

Y para hallar una respuesta tuve que cambiar la pregunta; sé por qué viajo, siempre lo he sabido. Pero en el momento en el que dejé de hacerlo a mi modo para adaptarme a otro compás, me vi desorientada y en disonancia. Bastó un día conmigo para darme cuenta.

Regresé a Madrid con respuestas a preguntas que nunca me atreví a formular, y con nuevos interrogantes que era hora de resolver.

Por eso viajo.

cabo da roca-3p

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5 Comentarios a “Lisboa responde”

  • Patri (la cosmopolilla)

    Escrito el 3 noviembre, 2015

    Me alegro de que al final conectaras con Lisboa y te ayudara a encontrarte contigo misma, a mí es una ciudad que me gustó mucho, fui hace años y tengo ganas de volver, de perderme por sus callecitas y ver esa ropa húmeda tendida, el Tajo desde el Barrio Alto… Un besote

    Responder
    • Valen RM

      Escrito el 3 noviembre, 2015

      Yo estaba deseando volver, y resulta que me ha caído de regalo de cumple así que lo recorreré nuevamente dentro de poquito 🙂 A pesar de que fue un viaje agridulce la verdad es que lo recuerdo con mucho cariño, es una ciudad preciosa! Gracias por comentar Patri ^^ un abrazo!

      Responder
  • Si me preguntas qué ver en Lisboa, sería esto - Puentes en el Aire

    Escrito el 4 enero, 2016

    […] como la vida es equilibrio, y de lo que me hizo sentir Lisboa en mi primera visita ya hablé en otro post, he decidido compartir con vosotros/as los lugares que en este segundo viaje me dieron un momento […]

    Responder

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