Descifrando Seattle

Descifrando Seattle

Si todo puede cambiar en un segundo, imagínate en tres días.

Estados Unidos nunca fue una de mis prioridades a la hora de viajar, sin embargo, más de un mes después rodando por aquí os puedo asegurar que me muero de ganas por volver y explorar muchas de las cosas que quedaron pendientes, descubrir más rincones y personas, y seguramente revisitar algunos lugares.

Mi desacuerdo con algunas de las filosofías de vida presentes en la cultura americana, plantaron la semilla de un árbol que no me dejaba ver el bosque. Al igual que muchos se cansan de repetir una y otra vez que no te creas todo lo que dicen de ciertos lugares, normalmente los que no entran en la categoría de “occidente”, creo que yo podría decir lo mismo de Estados Unidos.

Tuve la suerte de experimentar una considerable amplitud de miras en cuanto llegué aquí, gracias a nuestra primera experiencia couchsurfing con Steve.

Steve es seguramente como tú, como yo y como la persona que tienes al lado. Más de una vez he oído de varios viajeros que vayan a donde vayan, hay algo que nos une a todos y es nuestra búsqueda de la felicidad. Quizás sea un poco pronto pero empiezo a sentir esas palabras como mías.

Su casa está a las afueras de Seattle, una de esas ciudades que se esconden de los que quieren descifrar su esencia tan sólo caminando. Las ciudades escondidas son para mí esos sitios en los que aparentemente no pasa nada, no hay una foto esperándote en cada esquina como en Lisboa, no está repleto de establecimientos en los que morirías comiendo o tomando café. Está la vida de quienes residen allí y sólo hay una manera de atravesar la barrera: hablando con alguna de esas personas.

Con Steve y su compañero de piso, Dave, nos sentimos como si volviéramos a una casa en la que nunca habíamos vivido. La primera noche salimos a disfrutar un poco de la vida nocturna, aunque era domingo pero eso a Seattle parecía no importarle. Era como un fin de semana cualquiera para nosotros en Madrid: ¿dónde aparcamos? ¿Comemos ahí o ahí? A esa chica la conozco yo; para una buena cerveza mejor vamos a aquel pub, etc.

Cuatro personas jóvenes hablando de cualquier cosa tratando de equilibrar las palabras con las ganas de comer, intercambiando dudas sobre cómo se hace aquí y allá, preocupaciones, logros, inquietudes, anécdotas, gustos musicales, películas que deberíamos ver pero que nunca apuntamos el título… y Trump.

Aunque Alex y yo decidimos previamente no sacar el tema político, ya que sólo hacía tres días de las elecciones y al haberlas vivido en Canadá no sabíamos con qué nos encontraríamos, era una conversación que traían directamente los americanos. Al igual que nos hemos cruzado con puñados de coches apoyando la candidatura del señor naranja a través de pegatinas e incluso pintadas en los cristales, también nos ha pasado que quienes sacaban el tema lo hacían de tal manera que parecía un desahogo, una forma de volver a hablar de ello para agilizar la asimilación, si es que eso llega. Y no, no estamos dramatizando. Steve  nos confesó que esa semana había sido muy difícil y estresante por todo lo que había sucedido, y que no se había sentido nada bien. También hubo quien nos habló de lágrimas y estado de negación.

Quizás tuvimos demasiada suerte con nuestro anfitrión en cuanto a similitudes, saliendo del bar en el que habíamos comido, el cual tenía en su puerta una pegatina que rezaba “Truck Fump”, nos llevaron directamente a uno de sus lugares favoritos, un modesto pub de cerveza europea. Alex y yo dimos gracias a la oportunidad de no tener que beber cerveza americana esa noche. No nos gusta, esas cosas pasan.

Después de viajar con nuestro paladar a casa, a esa en la que sí hemos estado, viví lo que ha sido para mí una de las experiencias más hermosas que he tenido.

Todos los domingos por la noche, hay una iglesia en Seattle en la que un grupo de monjes celebran una misa con cantos gregorianos. La gente va con almohadas y mantas para tumbarse boca arriba y disfrutar de la ceremonia descansando el cuerpo y liberando la mente. Ninguno de nosotros es creyente, no es importante, pero quizás te lo hayas preguntado.

En ese duro suelo mientras las melodías llenaban cada cavidad, experimenté una plenitud que no sentía desde que había trabajado en la granja, pero era algo más elevado incluso, realmente mi cabeza dejó de trabajar por un momento para llenar mi mente de formas y colores que jugaban entre sí, aparecían y desaparecían siguiendo la música. No había nada más en ese momento que mi yo, no mi cuerpo ni mi cerebro. Yo estaba ahí, a miles de kilómetros de casa y tan cerca de lo que busco.

La cerveza que me había tomado tenía un considerable número de grados, quizás eso también ayudó.

Si pudiéramos reducir la complejidad de una persona en una serie de etiquetas, seguramente Steve estaría definido por la música y la naturaleza. Ambas se llevan la mayor parte de su tiempo, energía y dedicación. Por eso no podía faltar una ruta de montaña, y el estado de Washington es perfecto para ello. Si alguien nos hubiera dicho lo que íbamos a ver ese día, ni siquiera las expectativas habrían nublado el momento de la verdad.

De las miles de opciones que había dimos con Ice Cave, una literal cueva de hielo rodeada de montaña con una cascada de agua que cae detrás de ella. Alex y yo no éramos capaces de recolocar nuestras mandíbulas al ver semejante espectáculo. Que me perdone Canadá, y sé que las comparaciones son odiosas, pero nada allí nos dejó tan petrificados como esa imagen. Segundo día en Estados Unidos y ya estábamos deseando ver más y más.

Cuando tuvimos un día para nosotros y nos dedicamos recorrer la ciudad, fuimos completamente conscientes de la suerte que habíamos tenido en nuestro primer couchsurfing. Seattle es lindo y el Public Market nos encantó, ¿a quién no le gustan los mercados? Pero caminando y aún buscando info, ¿cómo íbamos a lograr por nuestra cuenta rascar la superficie hasta la capa de abajo?

Si el pastel necesitaba una guinda, la tuvimos. Una antigua iglesia había sido transformada en un centro cultural en el que entre otras cosas, se celebraban open micjam sessions. En español, durante un determinado tiempo cualquier persona puede apuntarse para tocar su música, leer su poesía… Lo que sea. Cada comunidad lo organiza a su manera. En este caso eran músicos y poetas y la condición era que las piezas debían ser originales.

Un apunte que quizás convenga recordar, Seattle es ciudad de música, lo lleva en las venas y lo puedes notar con fijarte sólo un poquito.

Aquella noche Steve tocó una pieza que compuso durante un viaje a Alaska con un instrumento llamado dulcimer. También impactó a los presentes con una improvisación de canto difónico a capela. Podría explicar técnicamente en qué consiste, pero con palabras no podría acercarme a lo que realmente es escuchar algo así. Por suerte Alex grabó y Steve lo publicó.

Esa noche volvimos a dejar caer nuestra mandíbula hasta el suelo con el flujo de talento que presenciamos. Chicos y chicas de todas las edades compartiendo sus composiciones con un sentimiento y una belleza que nos hizo sentir incluso abrumados. Aún hoy se me eriza la piel recordando algunos momentos de la sesión y me agarro la cabeza pensando en lo afortunados que fuimos de haber estado ese día en ese lugar.

Yo no sé qué dejamos de ver o conocer en Seattle por pasar esos días con Steve, pero siento que no me interesa. Lo vivido fue demasiado completo y auténtico para cambiarlo por cualquier otra cosa. Después de esto no volvimos a conseguir hacer couchsurfing y sin embargo ahí sí siento que me he perdido algo, el cambio de perspectiva es tan grande y notable, que preferiría siempre que pudiera ver las ciudades con las gafas de quien vive allí.

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Caótica organizada con ganas de inestabilidad territorial. Me gustan las palomitas.

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